El Amor al Dinero… pero no el Dinero mismo

Cuando tenía 11 años se me ocurrió hacerle a mi padre una pregunta que dudo que algún niño no haya preguntado a esa misma edad. “Papá…” le dije tímidamente mientras cenábamos en familia “¿No te gustaría ser millonario?”. No recuerdo los detalles de toda la conversación. Estoy seguro de que mis hermanos dejaron ventilar opiniones que nadie les pidió. Si fue así, no lo recuerdo todo. Lo único que recuerdo es lo que mi padre me contestó: “No”.

He aquí una familia que experimenta escasez en cada punto de su vida. Mi padre luchaba arduamente como mecánico para proveer el pan cada día, mientras mi madre trabajaba como conserje en un edificio oficinal para apoyarlo. En mi limitada manera de pensar y con el poco entendimiento que tenía acerca del mundo que me rodea, inmediatamente pensé en la solución “¡Claro!” pensé “¿Cómo no se me había ocurrido antes?… ¡la solución es hacernos millonarios!”. Aun recuerdo el gusto que experimenté cuando tuvo ese momento Eureka. No podía esperar compartirlo con mi padre aquella noche. “Papá estará impresionado con mi descubrimiento” pensé.

No quería hacerlo sentir ignorante. Siempre que se me ocurría alguna idea, mis hermanos tenían la manera perfecta de hacerme poner los pies sobre la tierra. Me decían algo así como “¿Crees que si fuese posible, no se le hubiese ocurrido a alguien más?”. Ese era mi mata-sueños. La pregunta lógica que lograba reventar mi burbuja. Pero esta vez era distinto; no iba a presentar mi idea como el descubrimiento del siglo, sino como una pregunta casual, a la cual, según yo, tenía la respuesta.

Al hacerle la pregunta, contestó exactamente lo contrario de lo que pensé que iba a decir: “No”. Tuve que seguir interrogando. “¿Y por qué no?”, “Porque los ricos no son felices. Viven intentando proteger su dinero y nunca lo disfrutan”. En mi joven mente, esto no era razón suficiente para rechazar tan grande descubrimiento, y la solución a todos nuestros problemas. Iluso de mí, pues no tenía la menor idea de cómo es que se gana el dinero.

Hasta el día de hoy he sostenido que no existe peor excusa para no lograr, que el auto-convencimiento de que somos felices donde estamos. Es decir, la peor excusa para no alcanzar metas es querer justificarse pensando que realmente no queríamos alcanzarlas. En una entrada de un blog anterior expliqué cómo es que un amigo me dijo, con un toque de egocentrismo, que él prefería no tener dinero, puesto que era más feliz teniendo solo lo suficiente. Su razonamiento es que más de lo suficiente es vanagloria, y es malo. Le dije en su cara y con todo respeto “Esa es la excusa más egoísta que he escuchado. Tener solo lo suficiente para ti mismo sin pensar en los demás y lo que carecen. Es una falsa humildad; una lógica barata”. No le gustó la manera en que se lo dije, pero lo puso a pensar mucho en sus motivaciones.

Siempre he creído que la riqueza no se debe lograr solo para uno mismo. Aquel que quiere ser pobre, o tener solo lo suficiente para no preocuparse por lo demás es una persona que solo busca el beneficio propio y la manera de satisfacer sus propias necesidades; “Mientras tenga un pan qué cenar cada noche estoy contento” piensan con un aire de auto-complacencia que suena muy humilde. Pero en otras palabras lo que se está diciendo es “Con que yo tenga qué comer, no me importan los demás”. ¿Qué bien le hace al prójimo que tengas solo lo suficiente para ti mismo?

El dinero puede echar a perder a las personas, es muy cierto. Sin embargo, existen aquellos que tienen un corazón cerrado, sin importar cuándo tengan en sus cuentas de banco. Pueden ser pobres en su bolsillo, y aún más pobres en su manera de pensar egocéntrica. El dinero es un medio para llegar a un fin, no es el fin mismo. El dinero es una herramienta para la consecución de resultados, no es el resultado mismo. Uno no trabaja para conseguir dinero, sino para satisfacer sus necesidades de alimento, vivienda, calzado, etc. El bueno libro dice que “El amor al dinero es el principio de todos los males”. No es en sí el dinero, sino el apego que cada uno le tiene, y la prioridad en la que cada uno lo pone.

Continuar en “La Ley de la Utilidad Marginal Decreciente

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