El Poder del Enfoque

“Si sales a perseguir a dos conejos, ambos escaparan” – Dante Gebel Enfoque

Según el escritor Max Lucado en su libro “Como Jesús”, existe una historia de un hombre en el siglo 17 cuyo trabajo era cuidar el faro en una zona costera con muchos acantilados rocosos. El hombre recibía aceite para mantener la llama ardiendo solamente una vez al mes. La cantidad era justo la necesaria para durar el mes completo. Sin embargo, puesto que vivía a solo algunos minutos del poblado, el hombre recibía visitas periódicas de las personas que allí vivían.

En cierta ocasión una de las personas que lo visitaba le suplico un poco de aceite, puesto que tenía a su familia en casa y no tenía suficiente aceite para soportar el frio. En otra ocasión una anciana le suplico un poco de aceite para encender su estufa y poder alimentarse. En otra ocasión, durante una noche lluviosa, un hombre le pidió auxilio; necesitaba aceite para lubricar las ruedas de su carrosa, puesto que estaba atorada y no podía llegar a casa. “¿Quien se negaría a tan loables peticiones?” pensó aquel vigía. En su deseo por hacer el bien, cayó en lo que los Tibetanos conocen como “Compasión del Idiota”.

Llegado el fin del mes, el hombre no tuvo más aceite para el faro, causando que durante la noche muchos barcos se estrellaran y fue grande la ruina de ellos. El ser reprendido por sus superiores, el hombre explico sus causas nobles, a lo cual recibió una sola respuesta “Hiciste mal, pues el aceite se te dio con un propósito especifico: mantener la llama ardiendo”.

Cada uno de nosotros se nos ha dado una medida de recursos parecida:  Tenemos el mismo número de horas en el día, ciertas libertades innegables, y el privilegio de vivir en un país libre donde el esfuerzo y arduo trabajo son recompensados. ¿Por qué es, entonces, que hay mucha gente allá afuera que ha trabajado arduamente y luchado toda su vida, y no ha visto el fruto de su esfuerzo? Tal como lo hemos visto en esta historia, es necesario cuidar el aceite. El aceite puede ser tu tiempo, tu esfuerzo, tu dinero, tu trabajo, tu familia, tus estudios, etc.

El poder del enfoque es saber qué hacer con ese aceite. Tal vez en la vida te surjan muchas oportunidades, o pocas. Pero no hay ladrón peor, que robe mas tu capacidad de lograr algo grande, que la falta de enfoque. Tal vez te encuentres en un trabajo que no te agrada, y quieres un cambio. Tal vez crees que no naciste para lo que actualmente estás haciendo, pero no pierdas el enfoque. No desperdicies tu aceite en actos de “compasión idiota”. Enfoca tus recursos, lo poco o mucho que tengas, para lograr alcanzar tus metas.

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http://www.favorday.com/site2012/?p=2278#.UtmZwrrnbIU

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La Definición de la Demencia

Para mí, la demencia es hacer lo mismo una y otra vez esperando, en cada ocasión, resultados distintos” – Albert Einstein

Tengo que admitir que la primera vez que escuché este famoso dicho fue a través de un reverendo en una congregación evangélica. Él decía “Si siempre hacemos lo mismo, obtendremos los mismos resultados”. Una pequeña variación al ya bien conocido dicho de Albert Einstein, citado por primera vez en los años 50´s.

Me sorprende la cantidad de personas que ignoran esta definición, ya sea por no haber escuchado nunca esta cita de Einstein, o simplemente por no haber llegado ya a esta conclusión. Pero me sorprende aún más las personas que, buscando colgarse de la fama de otros, repiten este dicho una y otra vez, cayendo ellos mismos en la misma definición de lo que acaban de citar. En otras palabras, repiten esta frase célebre una y otra vez, esperando que los oyentes alcancen resultados distintos por el mero hecho de haberlo escuchado.

Sucedía cuando era niño. Papá repetía los mismos chistes, historias o consejos una y otra vez. Cada vez que lo hacía ponía el mismo enfoque y seriedad. No estoy seguro si algún día se detuvo a pensar que ya habíamos escuchado sus consejos y chistes varias veces, o si no le importaba. Lo que sí sé es que le brindaba más gracia a él decirlo que a nosotros escucharlo.

En la vida sucede lo mismo con muchas personas. Estoy seguro de que has conocido gente que repite el mismo consejo una y otra vez. Mi jefa es una de ellas. El año pasado escuchó esta frase célebre de Einstein. Le gustó tanto que hoy en día lo sigue repitiendo en cada junta que tenemos, no como recordatorio, sino como si fuese la primera vez. Existen personas que van por la vida haciendo lo mismo, diciendo lo mismo y pensando lo mismo, hasta que llega el día de partir. Su existencia no está marcada por grandes logros o avances o epifanías, sino por la rutinaria monotonía del diario vivir. Hoy escuchas un consejo de ellos, y años después, cuando vuelves a verlos y buscas nuevamente su consejo, te dicen exactamente lo mismo. Su mensaje no es fresco; no brinda nueva información ni agrega valor o enriquece tu existencia.

Pero hay otro tipo de personas que son como el buen vino; van aumentando y mejorando con el tiempo. Hoy los escuchas decir algo totalmente nuevo e innovador, y cuando vuelves por más, tienen un mensaje diferente, fresco, revitalizante, distinto, motivador y hasta retador. Albert Einstein era una de estas personas. Sus ideas y su mensaje eran tan radicales que a las personas en sus años les costó trabajo asimilarlo. De ahí el dicho “Está adelantado a su época”.

Pocas personas en este mundo tienen este tipo de mentalidad, y la verdad es que los más escasos de ellos siempre tienden a descubrir estas verdades nuevas y radicales a base de pura experiencia o pensamiento. En otras palabras, no disfrazan un mensaje de lo que han escuchado a otros, sino que de la experiencia que la vida les ha dado, ellos dan y comparten a través de consejos y dichos. Mi consejo es siempre aprender lo que más puedas de toda persona, pero sobretodo de aquellas que tienen un mensaje fresco, innovador, radical y hasta contra-cultural.

Te dejo el día de hoy con uno de mis dichos favoritos:

Aquellos que se atreven a fracasar miserablemente son los que alcanzan grandeza” – John F. Kennedy

Quien no Intenta no Fracasa… y tampoco gana

Sucede cada 7 ½ años. Los Judíos lo conocen como el “Daf Yomi Siyum HaShas”, un evento que reúne a miles (cientos de miles) de Judíos en lo que puede ser uno de los más conocidos eventos neo-clásicos de su cultura: el mérito de haber completado de estudiar el Talmud. El programa de estudio que comenzó en el año 1923, cuando el Rabino Meir Shapiro propuso el estudio de el Talmud en “Daf Yomi”, o “Una página por día”, hoy reúne a una “clase de graduación” de más de 120,000 estudiosos en lugares como el Madison Square Garden en NY, La Arena de Continental Airlines y el Centro Javits también en NY, así como el Salón de Conciertos de Walt Disney and Los Ángeles, además de otros lugares de renombre.

A pesar de que las personas se reúnen para celebrar que hayan terminado el plan de estudio, la realidad es que estos estudiosos celebran algo mucho más grande que una simple graduación. De hecho, es de costumbre verlos celebrar, cantar, orar, llorar, reír… en fin, echar la casa por la ventana. Uno no celebra una graduación así, y mucho menos con tal cantidad de personas reuniéndose en lugares selectos solo para ello.

El evento celebra en realidad un aspecto más abstracto e intangible de la cultura Judía. Mucho se ha dicho y especulado de lo que puede ser, y lo que distingue a este pueblo de las demás culturas, en cuanto a logros y a riquezas. Este aspecto es el común denominador que comparten todo (o la gran mayoría) Judío, y que ha logrado distinguirlos de entre otros pueblos: su perseverancia. Estudiar 7.5 años para lograr alcanzar una tradición, mientras que además muchos de ellos estudian, a la par, carreras universitarias, trabajan o tienen familias, negocios, etc., no es tarea sencilla. Es por ello que la celebración debe ser grande. De hecho se ha comentado, incluso (e irónicamente) por los enemigos del pueblo Judío.

Escribiendo en 1930, Alfred Rosemberg, el Ideólogo en Jefe, delegado nada más que por Hitler mismo, notó lo siguiente “El gran carácter del Judio, demostrado corporalmente en el Talmud y el Código Legal Judio…” y continúa a expresar su perseverancia.

La directriz escrita por el Supremo Oficial de Seguridad Alemana (Equivalente al Secretario de Seguridad Pública) indica con mayor claridad lo que se intenta transmitir, prohibía la inmigración Judía a Polonia puesto que “habría un influjo de Rabinos, maestros del Talmud, lo cual podrían alentar el Re-avivamiento Espiritual Judío”.

Mucho se ha dicho de los Judios, y mucho se seguirá diciendo. De todas formas, no hay manera de negar sus grandes logros y aportaciones. Uno de ellos es el hecho que el pueblo Judío aporta más científicos, empresarios, investigadores y multi-millonarios Per Capita que ningún otro pueblo en el mundo. En la gran mayoría de los países de occidente, las comunidades Judías se conocen como las más prosperas de las respectivas regiones.

Para todo aquel que quisiere conocer el secreto del éxito Judío, es este: su perseverancia. No está demás repetir aquel ya trillado dicho que todos conocemos y pocos implementamos: “El que persevera alcanza”. Puedes ser cualquier cosa o profesión en esta vida, más con perseverancia puedes llegar a ser el mejor. Este es un consejo sobre todo para aquellos que buscan alcanzar una meta en la vida; para los que se levantan por las mañanas con un propósito en mente, y se acuestan cada noche pensando “¿Qué tanto logré acercarme hoy?”. Si tú eres una persona asi, que termina lo que comienza y no da pie a la flojera, esto es para ti: El que persevera, alcanza.

La Ley de la Utilidad Marginal Decreciente

Continuado de “El Amor al Dinero… pero no el Dinero mismo

En la entrada anterior hablé un poco de la perspectiva que cada persona tiene en cuanto a la riqueza material. Establecimos que no es el dinero mismo el origen de todos los males, sino el amor desmedido que ciertas personas le tienen. También establecimos que el dinero es medio para llegar a un fin, pero no es el fin mismo.

La ciencia detrás de la respuesta que algunas personas dan para estar contentos con lo poco que tenemos es un principio psicológico llamado “Ley de la Utilidad Marginal Decreciente”. Esta “Ley” psicológica no tiene un paradigma definido, ni valores exactos establecidos, pero nos da una clara idea de lo que sucede en el subconsciente de aquel que menos tiene.

Este principio, desarrollado por el Inglés Stanley Jevons, el Austriaco Carl Menger y el Francés León Walras, menciona que existe un fenómeno que ocurre cuando cada individuo consume bienes o servicios. También dice que este fenómeno, denominado “Satisfacción”, aumenta en tanto aumenta el consumo, pero que su aumento es menor cada vez que se consume más.

Un ejemplo útil sería el siguiente: Supongamos que existe una escala de satisfacción que varía del 1 – totalmente insatisfecho, hasta el 10 – totalmente satisfecho. En esta escala, comprar un producto – digamos, una manzana – nos daría un sentido de satisfacción de 10. Al comprar otra manzana, conseguiríamos satisfacción también, pero esta vez a razón del número 8. Comprando la tercera manzana, la satisfacción disminuye a 5 para esa manzana. Entonces, teóricamente al comprar 3 manzanas, nuestro grado de satisfacción debería ser 30. Sin embargo, nos damos cuenta que en realidad es 10 + 8 + 5 = 23. Consecutivamente, toda manzana comprada a partir de la última añadiría menos de 1 a nuestra satisfacción.

Esta ley psicológica es lo que se llama “Utilidad – satisfacción – Decreciente”. Esta ley ayuda a explicar lo que experimentan las personas que menos tienen, y por qué es que disfrutan tanto su situación. En términos coloquiales, experimentamos “Pequeños-grandes placeres”. Cada día, como mi padre, luchan arduamente por un pago magro. Cuando lo reciben, la satisfacción que experimentan al gastarlo es mayor, en proporción, que aquella que recibirían si compraran el mismo producto teniendo muchos más recursos.

Es por esto que las empresas como Elektra, Famsa, Coppell, etc., son tan exitosas. Sus comerciales están llenos de propaganda que presenta la idea de “Vivir Mejor”. Aquellas personas que consumen su producto experimentan tal satisfacción al comprar que regresan por más, (por cierto terminan pagando mucho más del valor del producto solo porque es a crédito, además de que los precios, aun de contado, son excesivos). El valor emocional de la satisfacción que sienten es mayor que el valor racional monetario del producto. Esto genera un sentido de logro, éxito, en pequeña escala. Es decir, para una familia de bajos recursos, comprar un televisor nuevo es mayor logro que para una familia de muchos recursos comprar un auto nuevo, por la ley de la Utilidad Marginal Decreciente.

Entendí, pues, la razón por la cual mi padre era feliz con su trabajo como mecánico; cada día de pago nos llevaba a cenar fuera de casa. Esto generaba un sentido de satisfacción que no podríamos conseguir si la abundancia llegase a tocar nuestra puerta.

El Amor al Dinero… pero no el Dinero mismo

Cuando tenía 11 años se me ocurrió hacerle a mi padre una pregunta que dudo que algún niño no haya preguntado a esa misma edad. “Papá…” le dije tímidamente mientras cenábamos en familia “¿No te gustaría ser millonario?”. No recuerdo los detalles de toda la conversación. Estoy seguro de que mis hermanos dejaron ventilar opiniones que nadie les pidió. Si fue así, no lo recuerdo todo. Lo único que recuerdo es lo que mi padre me contestó: “No”.

He aquí una familia que experimenta escasez en cada punto de su vida. Mi padre luchaba arduamente como mecánico para proveer el pan cada día, mientras mi madre trabajaba como conserje en un edificio oficinal para apoyarlo. En mi limitada manera de pensar y con el poco entendimiento que tenía acerca del mundo que me rodea, inmediatamente pensé en la solución “¡Claro!” pensé “¿Cómo no se me había ocurrido antes?… ¡la solución es hacernos millonarios!”. Aun recuerdo el gusto que experimenté cuando tuvo ese momento Eureka. No podía esperar compartirlo con mi padre aquella noche. “Papá estará impresionado con mi descubrimiento” pensé.

No quería hacerlo sentir ignorante. Siempre que se me ocurría alguna idea, mis hermanos tenían la manera perfecta de hacerme poner los pies sobre la tierra. Me decían algo así como “¿Crees que si fuese posible, no se le hubiese ocurrido a alguien más?”. Ese era mi mata-sueños. La pregunta lógica que lograba reventar mi burbuja. Pero esta vez era distinto; no iba a presentar mi idea como el descubrimiento del siglo, sino como una pregunta casual, a la cual, según yo, tenía la respuesta.

Al hacerle la pregunta, contestó exactamente lo contrario de lo que pensé que iba a decir: “No”. Tuve que seguir interrogando. “¿Y por qué no?”, “Porque los ricos no son felices. Viven intentando proteger su dinero y nunca lo disfrutan”. En mi joven mente, esto no era razón suficiente para rechazar tan grande descubrimiento, y la solución a todos nuestros problemas. Iluso de mí, pues no tenía la menor idea de cómo es que se gana el dinero.

Hasta el día de hoy he sostenido que no existe peor excusa para no lograr, que el auto-convencimiento de que somos felices donde estamos. Es decir, la peor excusa para no alcanzar metas es querer justificarse pensando que realmente no queríamos alcanzarlas. En una entrada de un blog anterior expliqué cómo es que un amigo me dijo, con un toque de egocentrismo, que él prefería no tener dinero, puesto que era más feliz teniendo solo lo suficiente. Su razonamiento es que más de lo suficiente es vanagloria, y es malo. Le dije en su cara y con todo respeto “Esa es la excusa más egoísta que he escuchado. Tener solo lo suficiente para ti mismo sin pensar en los demás y lo que carecen. Es una falsa humildad; una lógica barata”. No le gustó la manera en que se lo dije, pero lo puso a pensar mucho en sus motivaciones.

Siempre he creído que la riqueza no se debe lograr solo para uno mismo. Aquel que quiere ser pobre, o tener solo lo suficiente para no preocuparse por lo demás es una persona que solo busca el beneficio propio y la manera de satisfacer sus propias necesidades; “Mientras tenga un pan qué cenar cada noche estoy contento” piensan con un aire de auto-complacencia que suena muy humilde. Pero en otras palabras lo que se está diciendo es “Con que yo tenga qué comer, no me importan los demás”. ¿Qué bien le hace al prójimo que tengas solo lo suficiente para ti mismo?

El dinero puede echar a perder a las personas, es muy cierto. Sin embargo, existen aquellos que tienen un corazón cerrado, sin importar cuándo tengan en sus cuentas de banco. Pueden ser pobres en su bolsillo, y aún más pobres en su manera de pensar egocéntrica. El dinero es un medio para llegar a un fin, no es el fin mismo. El dinero es una herramienta para la consecución de resultados, no es el resultado mismo. Uno no trabaja para conseguir dinero, sino para satisfacer sus necesidades de alimento, vivienda, calzado, etc. El bueno libro dice que “El amor al dinero es el principio de todos los males”. No es en sí el dinero, sino el apego que cada uno le tiene, y la prioridad en la que cada uno lo pone.

Continuar en “La Ley de la Utilidad Marginal Decreciente

Papa Olvida

W. Livingston Larned

“Escucha hijo: digo esto mientras estás dormido, con una manita en tu mejilla y tus rizos rubios aun mojados sobre tu frente. Me he metido en tu cuarto solo. Apenas hace unos minutos, mientras leía mi periódico en la librería, una ola de remordimiento me llegó por sorpresa. Culpable vengo a tu lado mientras duermes.

Hay cosas en las que he pensado hijo: he sido duro contigo. Te grité mientras te vestías para la escuela porque te limpiaste con una toalla. Te recordé que no habías limpiado tus zapatos. Te grité con coraje cuando soltaste tus cosas en el suelo.

Durante el desayuno también te encontré culpas. Tiraste algunas cosas. Comiste con la boca abierta. Subiste los codos sobre la mesa. Pusiste mucha mantequilla sobre tu pan tostado. Mientras te ibas a jugar yo me subía a mi auto. Me viste y levantaste tu mano en señal de adiós diciendo “Nos vemos, papi”. No sonreí, sino que te contesté “¡Párate derecho!”.

Cuando regresaba comenzó todo de nuevo. Mientras llegaba a la casa te miré arrodillado jugando canicas. Había agujeros en tu ropa por jugar en el piso. Te humillé ante tus amiguitos haciéndote marchar hacia la casa. Pensé que la ropa es cara, y que si tú tuvieses que comprarla tendrías más cuidado. ¡¿Te imaginas eso, hijo, de un padre?!

¿Recuerdas, más tarde, cuando leía en mi librería, como viniste tímidamente con un poco de dolor en tus ojos? Cuando miraba por encima de mi diario, impaciente por la interrupción, titubeaste antes de entrar. “¿Qué quieres?” pregunté.

No dijiste nada, sino que corriste tempestuosamente y arrojaste tus brazos sobre mi cuello y me besaste, apretando tus bracitos con un afecto que solo Dios pudo hacer florecer en tu corazón, y que incluso el descuido de un padre no pudo marchitar. Un minuto después desapareciste, corriendo hacia tu cuarto.

Pues hijo, un poco después el diario se me deslizó de las manos mientras un temor terrible y enfermizo me llegó. ¿Qué me ha hecho el hábito? El hábito de encontrar culpa, de regañar. Esa era mi recompensa para ti por el simple hecho de ser un niño. No es que no te amara; es que esperaba demasiado de tu juventud. Te medía con el metro de mis propios años.

Hay tantas cosas que son verdaderamente buenas en tu persona, en tu carácter. Ese pequeño corazón tuyo es tan grande como el amanecer sobre los rubios campos. Me lo demostraste en tu deseo espontáneo de correr, abrazarme y besarme. No hay más qué importe esta noche. Hijo, vine a tu cuarto, junto a tu cama en la oscuridad, y me he arrodillado en vergüenza.

No es una verdadera reparación del daño que te he hecho: son excusas. Sé que no entenderías estas cosas si te las dijera cuando despiertes. Pero mañana seré un verdadero padre. Haré gestos contigo, sufriré lo que sufres y reiré cuando rías. Me morderé la lengua cuando vengan las palabras impacientes. Continuaré diciendo como un hábito “Es simplemente un muchachito, un niñito”.

Me temo que te miré como un hombre. Pero mientras te veo ahora dormido, hijo, dormido en tu cama, veo que eres un bebé. Apenas ayer estuviste en los brazos de tu madre, y tu rostro en su hombro. Te he exigido demasiado, demasiado”.

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